Reseña de Justo

Carlos Bassas del Rey

El yayojusticiero

29/08/2019
Cubierta novela Justo
FICHA TÉCNICA

Título: Justo

Autor: Carlos Bassas del Rey

Nº de páginas: 240

Editorial: Editorial Alrevés

Fecha publicación: 12 de febrero de 2018

SINOPSIS

La venganza es un plato que se sirve frío, a veces demasiado frío. Tan frío como el inminente cadáver en el que muchos creen que Justo Ledesma se convertirá en breve. Unos porque piensan que la naturaleza tardará poco en llamarlo y otros porque quieren ahorrarle trabajo a la naturaleza. Asistimos a un viaje nostálgico por la Barcelona de la gentrificación de la mano de un justiciero muy particular.

EL AUTOR

Carlos Bassas del Rey (Barcelona, 1974) es licenciado en Periodismo y doctor en Ciencias de la Información. Periodista, guionista, director de cine, profesor y, lo que aquí nos interesa, escritor. Tiene seis novelas negras (incluidas las del inspector Herodoto Corominas) y cinco ambientadas en el Japón de los samuráis (incluida una novela corta que publicó junto a las de otros dos autores). Ha sido director del festival Pamplona Negra entre 2015 y 2018. Ganador del Premio Hammet 2019 con la novela Justo.

JOSÉ JAVIER NAVARRETE

¿Qué ves cuando miras a un viejo? Y digo viejo porque es la palabra empleada por Justo. Me refiero a esos viejos que huelen a viejo. ¿Ves el último plazo del entierro? ¿O ni siquiera lo ves? Pasa tan desapercibido que a veces alcanza el superpoder de la invisibilidad. No es cierto que siempre sea así, muy a menudo son visibles, sobre todo cuando tienen que cuidar de los nietos o los bisnietos. También son visibles en las calles y en la tele, no te olvides de la tele. Ahí están defendiendo sus derechos y los de otros. Pero en cuanto dejan el silbato y la pancarta pasan a ser mobiliario urbano. Según se mire es una situación penosa, o no.

El yayojusticiero

Si necesitas pasar desapercibido, ¿no te gustaría ser el alienígena de Depredador? Justo es bastante parecido a un predator, la edad le permite mimetizarse con el entorno:

       La ventaja de haber llegado a cierta edad es que nadie se fija en ti. Cuando más deberían temernos, que es ahora que hemos alcanzado la cúspide del saber, la cima del cabreo, más nos minusvaloran.

       Formamos parte del paisaje.

Como la criatura es un cazador de trofeos humanos. Aunque para Justo, más que una actividad cinegética, se trata de una cuestión de justicia. No tiene ese nombre por casualidad, se lo puso su madre con toda la intención, una judía que vivió la pesadilla de los campos de exterminio. Como otros judíos, creía que en cada generación viven treinta y seis justos, los Lamed Vav Tzadikim. Treinta y seis hombres anónimos que mantienen el equilibrio entre el Bien y el Mal sobre la faz de la Tierra. Justo Ledesma es uno de ellos.

No hay nada más peligroso que alguien que no tiene nada que perder

Su madre se lo decía:

       «Eres el instrumento de Dios.»

Un soldado de su ejército, todo al que ha matado lo merecía, Dios le ha dado ese discernimiento, pero por si acaso

       Apunto cada muerte, cada pieza cobrada, en una libreta.

       Nombre, apellidos, fecha, pecado. Sé que Dios lleva su cuenta; yo llevo la mía por si el día de mañana surgen discrepancias.

Ahora es diferente, quiere saldar una cuenta de hace cincuenta años, no son inocentes los que morirán, pero esta vez no es Dios quien decide quien lo hace.

Justo es un viejo sin nada que perder. No le queda mucha vida por delante y no quisiera morir sin antes dejar esa cuenta saldada. Tiene un plan, y como todo plan que se precie, siempre hay contingencias sin calcular. Pero lo mejor de todo es que él es una de esas contingencias en los planes de sus víctimas. Resulta tan inverosímil que un viejo sea un verdugo que todo parece jugar a su favor.

¿Quién es Justo?

A simple vista es un viejo normal, uno más entre la multitud anónima. Tiene los achaques de la edad, toma Sintrom y las pérdidas de orina le hacen pensar en los pañales. Su vida parece revestida de la más absoluta cotidianidad, le gusta frecuentar el Damián, un bar que tiene el nombre de su dueño, uno de los pocos amigos de Justo. El otro es Julián, otro de los parroquianos del local; un vasco que añora el mar, a pesar de que tiene el Mediterráneo al lado. Le gusta la comida clásica, mejor Santamaría que Adrià, pero si tiene que elegir, mejor la del Damián. Casi todas las comidas las hace allí, no le gusta comer solo.  Como él dice:

       Es muy jodido vivir añorando algo.

       Es muy jodido estar solo.

A pesar de ello, no quiere una relación seria, su ocupación es incompatible con ese tipo de relaciones. Lleva años con Remedios, pero piensa que lo suyo es solo sexo, eso sí, sexo del bueno:

       Cuando entro en el Damián, aún tengo el sabor del coño de la Remedios en la lengua. No quiero perderlo, así que cuando me saca un quinto le digo que no con la cabeza.

No me negarás que tiene guasa el gachó.

Y aunque el sexo es importante:

      A ciertas edades, el sexo es una bendición, pero acaban primando otras cosas. El saber que habrá alguien al pie de tu cama, de tu ataúd, cuando llegue el momento.

Se arrepiente de no haber estudiado, pero es un buen lector y amante del arte. También lo es de las listas, le encantan tanto las de cosecha propia como las que saca del Muy Interesante, revista a la que está suscrito.

Es un enamorado de Barcelona, de la que siente nostalgia a pesar de vivir en ella. Echa de menos la Barcelona auténtica, la que ha desaparecido gracias a los turistas y a las clases más pudientes. Se podría decir que es un callejero con piernas y lo deja claro a lo largo de la novela. Sabe los nombres de las calles y sus curiosidades, también conoce las joyas que albergan, esas ignoradas por una gran mayoría. Todo este conocimiento puede que lo tenga porque ha devorado los tomos de Las calles de Barcelona de Víctor Balaguer.

Esa Barcelona que ya no existe podría ser una metáfora de su pasado. Un pasado que ya no volverá y que añora. Poco a poco lo va desgranando para hacernos comprender su motivación actual. Tan arraigado está a él que sigue hablando con su madre, la que murió hace años y que, a pesar de ello, sigue siendo la voz de su conciencia.

Un grato descubrimiento

La novela de Carlos Bassas presenta algunos aspectos de la novela negra más clásica, como esa mirada a la sociedad más marginal, a esos bajos fondos en los que pululan personajes de lo más variopinto, los esbirros de los que no se manchan las manos. Esos personajes de altos vuelos, corruptos y corruptores, que también tienen su espacio en la narración. Esos que creen que saldrán impunes de sus actos, que piensan que la justicia de los tribunales no va con ellos, de los que ignoran que la justicia puede tener muchas formas, incluida la de un viejo, que al más puro estilo clásico, es un cínico hastiado de un mundo sin esperanza.

       He aprendido dos cosas sobre el ser humano a lo largo de los años. La primera es que existen hombres malos. Tipos oscuros, auténticos cabrones. La segunda y más importante es que ellos no son el verdadero peligro, sino el resto de la humanidad.

       La masa silenciosa.

       La masa temerosa.

       La masa obediente.

       La gente de bien, de ley, de orden que agacha la cabeza, calla y después se excusa en el «No lo sabía»; en el «¿Y qué podía hacer yo?»; en el «Bastante tengo con lo mío».

       El mundo está infestado de ellos.

       De tibios que observan la alambrada y creen que las púas son capullos por florecer.

       Los hombres buenos caben dentro del puño de un niño.

Justo no es un protagonista de novela negra al uso, pero funciona a las mil maravillas.

Carlos Bassas me ha sorprendido gratamente, no había leído nada suyo y en estos momentos ya he comenzado otra novela suya: Soledad. Su estilo directo, repleto de frases cortas, con un lenguaje acorde a la extracción social de los personajes, me ha atrapado. Todo un descubrimiento y un merecido ganador del premio Hammett a la mejor novela negra de 2018 (premio compartido con Juan Sasturain).

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Fuentes de imágenes

Fotografía de cabecera:
Autor: Uli Zarembach
Alojamiento: Pixabay

Ilustración de cubierta:
Autor: Carlos Bassas del Rey

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