Reseña de El último beso

James Crumley

¿Dónde está Betty Sue Flowers?

09/07/2020
Cubierta El último beso
FICHA TÉCNICA

Título: El último beso

Título original: The last good kiss

Autora: James Crumley

Nº de páginas: 320

Editorial: Salamandra

Fecha publicación: enero de 2020

Traducción: Enrique de Hériz

SINOPSIS

Un detective privado de escasos escrúpulos, Sughrue, y un escritor de best-sellers al que acaba de encontrar por encargo de su exmujer, Trahearne, se embarcan junto a un bulldog alcohólico, Fireball, en un viaje por el oeste estadounidense para buscar a Betty Sue Flowers, una joven que desapareció hace diez años. Auténtico hardboiled y humor unidos en un viaje a las entrañas de la condición humana.

EL AUTOR

James Crumley (Three Rivers, Texas, 1939 – Missoula, Montana, 2008), fue un escritor americano de novela negra, entre las que destacan las series de los detectives Milo y Sughrue. También fue guionista y ensayista. En español se han editado cuatro de sus novelas: Uno que marque el paso, Un caso equivocado, El último beso y El pato mexicano.

José Javier Navarrete - blog de novela negra

JOSÉ JAVIER NAVARRETE

¿Cómo no seguir leyendo?

Esta es una novela que tenía pendiente desde el año pasado. Fue Carlos Zanón quien la recomendó durante la impartición de un taller de novela negra del que ya he hablado en alguna otra ocasión. Entre las lecturas prescritas tuvimos un par de relatos de Ernest Hemingway y Patricia Highsmith. La tercera lectura fue el primer capítulo de El último beso, de James Crumley, el cual comienza de manera extraordinaria:

Cuando por fin di con Abraham Trahearne, estaba tomando cerveza con un bulldog alcohólico de nombre Fireball Roberts en un antro destartalado de las afueras de Sonoma, California, apurando hasta la última gota de una hermosa tarde de primavera.

Un auténtico gancho que te invita a seguir leyendo, no solo porque el compañero de farra del tal Abraham Trahearne sea un perro alcohólico, Fireball Roberts, sino por la forma en la que acaba el párrafo. Este primer párrafo es una declaración de intenciones. Esa mezcla de la turbiedad de la novela negra con un lenguaje más elevado, a veces cercano a la prosa poética, es una constante en esta novela.

No es extraño que el resultado obtenido lo pueda clasificar como una de las mejores aperturas de novela que haya leído en mucho tiempo, ya que a James Crumley le llevó dos meses escribirlo, el resto de la novela un año. Con tan pocas palabras ha introducido a dos de los principales personajes de la novela, el estilo y el tono, además de algunas incógnitas.

No creo tener la paciencia para dedicar tanto tiempo al inicio de nada que escriba, pero sí que soy consciente de la importancia que tiene y lo desesperante que puede llegar a ser dar con la fórmula para que enganche al lector y, en especial, a agentes y editores.

Con El último beso, James Crumley cumple esa ley no escrita sobre la importancia de la primera frase, el primer párrafo y el primer capítulo. De los dos primeros has sido testigo, sobre el capítulo tan solo decirte que el final es una especie de comedia de enredo en la que en una pelea de bar se mezcla violencia y humor de una forma magistral.

No quiero abandonar esta introducción sin aclarar que la novela que en realidad recomendó Carlos Zanón fue El último buen beso, editada en 2011 por RBA. Esa edición ya solo se puede conseguir de segunda mano porque la editorial la descatalogó hace tiempo, así que cuando vi esta nueva edición no dudé en adquirirla, con la sorpresa de que en el título se habían comido, con o sin patatas, la palabra buen. Desconozco el motivo de este cambio, aunque sospecho de algún tipo de traba legal, pero tengo que decir que me gustaba más el antiguo, no solo por la literalidad de la traducción, sino porque no es lo mismo un beso que un buen beso, ¿verdad?

Una desaparición tras otra

Estoy acostumbrado a las novelas negras con cadáveres de por medio, pero en este caso me he encontrado con una trama bastante directa, con algún que otro giro y un final inesperado, que se mueve en función de una serie de casos de desaparición que el detective C. W. Sughrue, el protagonista de El último beso, irá encadenando.

Tal vez hayas adivinado que el primero es el que lo llevó hasta un bar de Sonoma para dar con el paradero de Abraham Trahearne, poeta y escritor de dos novelas de gran éxito. Fue su exmujer la que lo contrató para este trabajo, preocupada porque alcohol y carretera fueran una mala combinación. Es un caso que se resuelve en el primer capítulo, pero la relación entre ambos hombres y el bulldog dará de sí para toda la novela.

En esa pelea en el bar con la que acaba el primer capítulo, el escritor recibe un tiro en las posaderas que lo lleva al hospital. Como el trabajo de Sughrue es devolverlo a casa, mientras espera su restablecimiento, Rosie, dueña del bar y propietaria de Fireball, lo contrata por ochenta y siete dólares para que investigue la desaparición de su hija, Betty Sue Flowers, por entonces una adolescente, ya que hace diez años de aquel suceso.

La resolución de un caso de tal antigüedad es más bien difícil, y aunque los gastos son bajos, Sughrue le aconseja que no tire el dinero. Pero las circunstancias que rodean la vida de Rosie lo convencen.

       —Es lo único que me queda, chico —susurró—: la última de mis hijos, la única a la que no he visto dentro de un ataúd. A Lonnie lo mataron en Vietnam justo cuando ella acababa de fugarse y a Buddy lo atropelló un bugui en una duna de Pismo Beach el verano pasado, así que sólo me queda Betty Sue.

Cuando Trahearne deja el hospital, en lugar de devolverlo a su casa, los dos, junto con el bulldog, se embarcan en la búsqueda de la chica. Es el comienzo de un viaje por el oeste de EE. UU., pero también por el de las vilezas humanas. Mafia, pornografía, pedofilia son algunos de los cardos entre los que tendrán que andar, pero también caminaran entre las flores de los hippies de la posguerra de Vietnam, todo regado con grandes cantidades de alcohol al que ninguno de los tres parece alérgico. Viaje con algunas paradas en la casa de Trahearne, donde las mujeres en la vida del escritor ganarán mucho peso. Aunque este viaje, fundamentalmente, es la oportunidad de presentar unos personajes que en muchos casos hacen rechinar los dientes, pero sobre todo es un pretexto para profundizar en los personajes principales, sobre todo en el del protagonista del que hablaré a continuación.

El clásico detective privado

El último beso es hardboiled en estado puro, aunque también puede considerarse una novela de carretera habida cuenta del kilometraje que hace el Chevrolet El Camino de Sughrue. Se trata de un veterano de la guerra de Vietnam convertido en un detective privado caótico y curtido, un detective cuya carrera se fraguó a su vuelta de la guerra:

A finales de los sesenta, tras volver esposado de Vietnam y para evitar ir a dar con mis huesos en la penitenciaría de Leavenworth, accedí a pasar los dos últimos años de servicio haciendo de espía para el ejército en las reuniones de radicales en Boulder, Colorado; cuando me licenciaron, tras una breve gira como cronista deportivo me marché a San Francisco para disfrutar también yo de las drogas y el ocio. Pero ya era tarde para mí: estaba muy cansado para marcharme a otro sitio, era demasiado vago para trabajar y muy viejo y mezquino para hacerme hippie. Encontré una profesión, por llamarla de algún modo: buscar fugitivos.

Sughrue es el típico detective cínico inmerso en un mundo oscuro basado en la mejor tradición literaria del hardboiled. Esto no es extraño si tenemos en cuenta que entre sus referentes dentro de la novela negra se encuentran Raymond Chandler y su detective Philip Marlowe. Como este último, Sughrue es obstinado y persistente, con ese punto idealista que a veces es necesario para la resolución de los casos, en los cuales la recompensa económica, de haberla, no es lo más importante. Pero Sughrue es también un pesimista:

Nadie vive para siempre, nadie se conserva joven el tiempo suficiente. Mi pasado semejaba un exceso de equipaje; mi futuro, una serie de largas despedidas; mi presente, una petaca vacía de cuyo último trago aún conservaba un gusto amargo en la lengua.

Y un borracho con pretensiones de tener controlado su vicio:

       —Frené antes de verme obligado a dejarlo —le expliqué—. Ahora intento mantenerme dos copas por delante de la realidad y tres por detrás de la borrachera.

Pero también es un mujeriego capaz de enamorarse de la idea de una mujer. No son pocas las ocasiones en las que acaba en la cama con mujeres que no quiere o no le convienen. Aunque El último beso despide ese tufo a machismo típico de la época en la que fue escrita al que se añade el propio del hardboiled, no cabe duda de que sus personajes femeninos son fuertes y manipuladores. Al menos no existe esa misoginia de la que hacía gala la obra de Chandler.

Fuera de lugar

En el hardboiled siempre ha tenido mucha importancia la localización en la que se desarrolla la acción, hasta el punto de darle un carácter localista a este tipo de literatura. En Hammett San Francisco, en Chandler Los Ángeles. Localizaciones reales, acotadas y urbanas, en la mayoría de los casos. No ocurre así en El último beso, donde las localizaciones cambian sin cesar ya que el protagonista viaja continuamente para en alguna ocasión descansar en zonas rurales, algunas de las cuales no aparecen siquiera en el mapa, no por su tamaño, sino porque ni siquiera existen. Sughrue es diferente a otros detectives identificados con una ciudad, se siente desarraigado, y si a algún lugar puede llamar casa, desde luego no está en la ciudad:

¿Mi casa? Quizá es el bar de un motel un domingo a las once de la noche, compartiendo el silencio con una camarera guapa que me considera un tipo repelente y con un capullo que lleva una chaqueta de plástico y cree que somos colegas. Tal como le dije a Trahearne: casa es donde pasas la resaca. Al menos para tipos como yo… muchas veces. Otras, mi hogar son mis dos hectáreas al otro lado del puente de Polebridge, en North Fork, a sesenta y dos kilómetros al norte de Columbia Falls por una pista de tierra, y del bar más cercano, y a dieciséis kilómetros al sur de la frontera canadiense. Allí tengo una cabaña sin terminar; apenas unos cimientos, un suelo sin pavimentar, una chimenea de piedra.

Hora de aparcar el Chevrolet El Camino

El último beso es la primera entrega de la serie del detective Sughrue, lo que sería una buena noticia si el resto de entregas estuviesen disponibles en nuestro idioma. Algunas de ellas están traducidas, pero descatalogadas, por lo que habría que comprarlas de segunda mano a unos precios desorbitados. Siempre está la opción de leerlas en inglés, pero a estas alturas de mi vida carezco de la atención que eso me requeriría, así que espero que esta iniciativa de Salamandra tenga continuidad.

Con James Crumley he vuelto a revivir las sensaciones que tan solo los clásicos pueden proporcionar. Este autor utiliza un lenguaje directo, pero colorido, tiene un buen dominio del símil y es de una mordacidad hilarante, en muchos aspectos me recuerda a su referente, Raymond Chandler. He disfrutado de esta novela en la que se mezcla con gran tino el hardboiled y el humor, algo difícil de conseguir si el resultado que se busca es diferente al de una parodia.

Si huyes de los detectives sesudos y prefieres los hombres de acción que no rehúyen un enfrentamiento violento, C. W. Sughrue puede ser una buena elección. El último beso es una novela extraordinaria, aunque no me haya gustado el cambio de título. Tan solo por disfrutar del personaje del bulldog alcohólico, Fireball, merecería la pena. Si tienes ocasión no dejes de leerla, es una excelente opción para disfrutar debajo de una sombrilla, pero que no te equivoque esta forma de recomendarla, es muy buena literatura.

Cuídate, y aunque este tiempo no invite a dedicarse a dejar comentarios en un blog, como siempre digo, no te cortes y dispara.

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Fuentes de imágenes

Cubierta:
Diseño: jenaardell / Stockimo / Alamy Stock Photo

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