El terror de lo cotidiano

Reseña: Las cosas que perdimos en el fuego

Mariana Enríquez

06/02/2020
Cubierta Las cosas que perdimos en el fuego
José Javier Navarrete - blog de novela negra
JOSÉ JAVIER NAVARRETE

Tengo que reconocer que nunca he sido un lector habitual de cuentos o relatos cortos. Sí que había leído algunos clásicos de Poe, Chéjov, Borges, Cortázar…, pero una antología completa no. Mi nueva afición a este género me viene porque el año pasado comencé a participar en un taller de cuento, que no un cuento de taller, y necesidad obliga.

La novela siempre ha sido mi género favorito, lo mismo como lector que como proyecto de escritor. Para mí es lo más cómodo, ya que me desenvuelvo en él con naturalidad. No me ocurre lo mismo con el cuento. Es un universo en el que me encuentro como E.T. recién llegado a la Tierra; como lector y como escritor, sobre todo como lo último. En la novela, una vez acabada, suele quedar claro casi todo, al menos en gran parte de ellas; pero esto no ocurre con el cuento. Este formato exige un esfuerzo mucho mayor. Tiene que ver con la teoría del iceberg de Ernest Hemingway (otro autor del que he leído algunos de sus cuentos), una teoría de la omisión en la que se propugna contar mucho menos que lo que se esconde, de ahí lo del iceberg. No siempre es sencillo captar esa otra parte soterrada y esto puede llevar a la incomprensión y al desinterés. Pero como en la mayoría de las facetas de la vida, la práctica hace al maestro, y en esas estoy.

La elección de la antología Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez, para mi primera incursión como reseñador de este formato narrativo, no ha sido casual. Quería escribir un cuento para el taller en el que hubiese un cierto componente fantástico y de terror, pero que fuese un terror cotidiano, no quería, en ningún caso, que adquiriese un tinte sobrenatural. No había leído nada de Mariana Enríquez hasta ahora, pero sí que había oído hablar de ella y había visto algunas entrevistas y la impartición de una clase en un curso de narrativa. Con esta información sabía que ella era mi autora, así que tan solo me quedaba leer.

Las cosas que perdimos en el fuego es una antología que consta de doce cuentos de muy variada temática, pero como a toda buena antología, se le supone, al menos, un hilo conductor; en este caso nos encontramos con varios. Al tratarse de cuentos de género de terror, aunque siempre habrá quien esté en desacuerdo con esta clasificación, el hilo conductor preponderante es el del miedo o terror, o como queramos llamarlo. No hablo del terror convencional hacia lo sobrenatural, aunque también disfrutemos de él en este libro, me refiero al terror de las cosas cotidianas, a ese al que no hay que ir a una casa encantada para disfrutarlo o sufrirlo, ya que lo del miedo va por barrios. Son esos miedos que la maldad humana pergeña, o al que las situaciones nos empujan. Ese miedo que puede aparecer como desigualdad social o como violencia, o con cualquier otra cara con la que la injusticia y el mal quieran disfrazarse. Por eso en muchos de los cuentos subyace una crítica social o política. Algunos de los miedos descansan en hechos prominentes de la historia más reciente de Argentina, esa cargada de truculencia, y a veces estos hechos construyen un marco histórico para el cuento.

El marco espacial lo ofrece Argentina, otro hilo conductor, todos los cuentos suceden en suelo argentino, excepto la visita a Asunción, en el país vecino. Pero aún hay más, la preponderancia de las voces femeninas y su absoluto protagonismo; tan solo en uno de los cuentos el protagonista es un hombre. El género masculino es objeto de reproches de mujeres que casi siempre se preguntan por qué permanecen con sus parejas y caminan por la cuerda floja de la separación.

Es el momento de pasar de lo general a lo concreto, así que te dejo con los títulos de los cuentos y algunas notas sobre ellos.

El chico sucio
El chico sucio, al que hace referencia el título, es un niño sin hogar que vive junto a su madre, embarazada y drogadicta, en la calle, frente al caserón de la protagonista. Es un niño que, como tantos otros, pide en el subte ―como los bonaerenses llaman al metro― a cambio de estampitas. El chico establece cierta relación con la protagonista, motivo por el que lo que ocurrirá con posterioridad la afectará más. La autora aprovecha el cuento para hablarnos de la indiferencia social ante la situación de los sintecho y lo colorea con las creencias populares del Gauchito Gil o San La Muerte.

La hostería
Trata sobre el reencuentro de dos amigas y de una venganza. ¿Tienen los edificios memoria? En el cuento encontrarás la respuesta con la dictadura argentina de fondo.

Los años intoxicados
Como el mismo título indica, el cuento narra la experimentación de tres chicas con las drogas y de cómo la juventud exacerba ciertas conductas hasta la radicalidad. De fondo tenemos los años de la hiperinflación argentina de finales de los ochenta y principio de los noventa.

La casa de Adela
Se trata de un cuento más típico de terror, en él hay un claro componente sobrenatural, aunque pudiese ser visto como una metáfora de lo que ocurría durante la dictadura.

Pablito clavó un clavito: Una evocación del Petiso Orejudo
Un licenciado en turismo se dedica a hacer una ruta de crímenes y criminales. El cuento se centra en la persona del Petiso Orejudo, un asesino de bebés. Visiones o alucinaciones. Es el único relato en el que el protagonista es un hombre.

Tela de araña
Es un viaje de dos primas y el marido de una de ellas a Asunción para comprar ñandutíes (diccionario de la RAE: encaje blanco, muy fino, originario de Paraguay, que imita el tejido de una telaraña). Desapariciones y apariciones en las que se mezcla lo real con lo sobrenatural.

Fin de curso
En clase siempre hay alguien que pasa desapercibido, como si no existiese, hasta que ocurre algo que hace que la situación cambie y que el resto desee que todo hubiese continuado inalterado. ¿Simplemente quería llamar la atención?

Nada de carne sobre nosotras
Es un cuento breve que habla de desórdenes alimenticios con un final alegórico de claro significado político.

El patio del vecino
La depresión produce opiniones encontradas en aquellas personas que no la sufren, pero los efectos sobre los que la padecen pueden ser demoledores. Si a esto añadimos las consecuencias de la medicación para combatirla podemos decir que tenemos un cuento de terror. ¿Qué hay de real? ¿Y de imaginario? ¿Sobrenatural? ¿Le juega la imaginación una mala pasada? Este cuento juega con la curiosidad que siempre despierta lo desconocido, en este caso, el patio del vecino.

Bajo el agua negra
¿Qué hay bajo el agua negra? ¿Han despertado a un monstruo o a un dios? La autora vuelve a jugar con las desapariciones. Las acompaña de marginalidad y contaminación.

Verde rojo anaranjado
El título hace referencia al estado de la comunicación vía internet, a veces videoconferencia, casi siempre chat. Esta es la única forma que una mujer tiene de contactar con un hombre que ha decidido encerrarse en su habitación, en la casa de la madre. Lo ha hecho huyendo del contacto social físico, una práctica que los japoneses llaman Hikikomori. Un encierro que se presume permanente y con un final incierto.

Las cosas que perdimos en el fuego
Este cuento final, que da título a la antología, cierra, de algún modo, un círculo que comenzó con El chico sucio. Digo esto porque como en aquel primer cuento, un personaje, que es el detonante de la historia, también pide en el subte. Se trata de una chica cuyo cuerpo fue quemado por un hombre. Tiene el rostro desfigurado y un cuerpo sensual que resulta ofensivo. El chico sucio y ella utilizan un método audaz para pedir y es el de recurrir al contacto físico mientras provocan en los demás una sensación de repulsión. El chico ofrece su mano y la chica un beso. Este es un cuento en el que la violencia de género se trata desde un punto de vista distópico. Si el resto de la antología no te ha hecho entrar en calor, con este último cuento arderás.

Mariana Enríquez me ha sumergido en esos ambientes sórdidos en los que se desarrollan sus cuentos. He disfrutado de su terror cotidiano, desde un punto de vista literario, con sus miedos reales, imaginados o inducidos. También me ha gustado esa crítica social, a veces explícita, otras debajo de la superficie del agua.

Después de terminar el libro he llegado a la siguiente conclusión: cuanto más cuento leo más me siento como un bebé dando sus primeros pasos. Pero como decía Antonio Machado: «Caminante, no hay camino, se hace camino al andar».

Las cosas que perdimos en el fuego ha sido un grato descubrimiento, tal vez no apto para los poco versados, como yo, en este género narrativo, pero en cualquier caso aconsejable. Abre tu mente y déjala volar dentro de las historias que narra este libro, tal vez te ocurra como a mí y acabes aficionándote, si es que no eres ya uno de sus adeptos. Déjame en los comentarios lo que opinas del libro o del cuento en general.

No te cortes y dispara.

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